¿Siento mi espacio interior habitable?
Determinadas emociones y pensamientos pueden desplegar una amplia variedad de sensaciones en nuestro cuerpo, desde lo muy desagradable hasta lo muy agradable, confortable o placentero. Pero ¿somos capaces de vivir con plenitud con este despliegue de emociones y estados de ánimo que se presentan a diario dentro de nosotros?
Podemos observar que a veces, intentar rechazar un pensamiento o una emoción que se nos presenta, no nos evita sentir su impacto, ya sea a nivel físico o mental. Por el contrario, rechazar impulsa, fortalece o retiene dicho pensamiento o emoción.
En nuestro interior las emociones se comportan fluidos. Al igual que si intentamos detener una corriente de agua, esta siempre encuentra su propio camino de liberación, las emociones también recorren nuestro interior hasta encontrar una vía de escape. En psicoterapia se habla de ‘canalizar las emociones’, tratando de no de bloquearlas ni de ocultarlas. Esta cualidad de moverse como un fluido, permite a las emociones poder ser canalizarlas y guiadas.

¿Por qué hay emociones que nos perturban?
Muchas de las emociones que nos perturban lo hacen por las creencias que elaboramos sobre ellas, y no tanto por las sensaciones que nos producen.
La mayor parte de estas creencias han quedado instaladas desde nuestro pasado. A veces venían con la educación que hemos recibido, otras por la retroalimentación recibida de nuestro entorno social, donde hemos aprendido a pasarlas por alto o a bloquearlas y despreciarlas para adaptarnos.
Las emociones forman parte intrínseca del ser humano, y juegan un papel importante para ajustarnos a las situaciones cambiantes de nuestro entorno. También nos ayudan a expresarnos de acuerdo a lo que sentimos y nos impulsan a movernos cuando necesitamos un cambio. Pero en lugar de manejarlas con naturalidad, solemos jugar a obstaculizarlas, a oprimirlas, a ocultarlas o impulsarlas para lograr algún objetivo y así cumplir nuestras creencias.
En este juego de rechazo, de atracción, de sufrimiento o de placer, nuestras emociones se vuelven las protagonistas de nuestras vidas. Esto suele alterar su movilidad natural y en ocasiones pueden llegar a descontrolarse. Este comportamiento desbocado de nuestras emociones se parece a un río desbocado, que nos inunda por dentro y a quienes nos rodean.
Creencias y manejo de emociones
Los pensamientos y creencias sobre nuestras emociones pueden limitarnos. No por la función natural de las emociones en sí, sino por la interpretación que hacemos o la manera en que las expresamos. A veces las creencias que tenemos sobre ellas nos condicionan tanto, que podemos incluso volverlas inconscientes. Esto puede llegar a alterar nuestro comportamiento sin siquiera darnos cuenta, anclándonos a situaciones que no deseamos vivir, pero que de alguna manera nos resulta imposible evitar.
Ante la falta de un contacto natural y aceptación de lo que se mueve en nuestro espacio interno, desarrollamos mecanismos racionales que nos permiten permanecer durante años lejos de sentir sensaciones emotivas que por alguna razón queremos evitar. Pero aunque intentemos apagarlas, las emociones siguen de una u otra manera adheridas a nosotros, en nuestro ‘hogar interior’, esperando poder expresarse.

Cuando un caudal importante de emociones intensas se contiene durante demasiado tiempo, golpea y altera los tejidos y recorridos interiores por donde circulan. Al igual que el agua, las emociones tienden a estancarse y a enquistarse cuando se retienen durante demasiado tiempo, afectando los órganos donde quedan alojadas (MTC: emociones y salud de los meridianos).
Cuando la causa de nuestro malestar no se encuentra afuera
En ocasiones señalamos experiencias vividas, o personas vinculadas a las experiencias como las causantes de nuestros malestares emocionales. De este modo no nos paramos a observar nuestra implicación, la postura personal en relación a la experiencia, y de manera inconsciente solemos sostener la situación que nos incomoda, nos inquieta o nos duele. Con esta actitud no permitimos a las emociones realizar de manera fluida su recorrido en nuestro interior.
Así, sin darnos cuenta impulsamos y renovamos la fuerza de nuestras emociones cada vez que recordamos las situaciones que las han propiciado. Justificamos nuestro malestar por la situación vivida o por la actuación de determinada persona, y esperamos volver de nuevo a un equilibrio cuando el/la responsable de la situación, la repare.
Lejos de reequilibrarnos, esta postura nos puede mantener largo tiempo en espera incómoda, conviviendo con emociones ‘guardadas’ que necesitan ser expresadas de alguna manera. A veces la expresión de estas emociones se da en situaciones o con personas que nada tienen que ver con el origen. Esto puede dar lugar a conflictos innecesarios y situaciones incómodas a la espera de ser resueltas de nuevo, fuera de nuestro espacio interior.

Efectos de la tensión continuada en nuestra salud
Las emociones que no fluyen adecuadamente quedan retenidas durante largo tiempo. Esto puede impactar en nuestro cuerpo de múltiples formas causando problemas de salud, relacionados con la circulación sanguínea, la presión arterial y problemas respiratorios.
Nuestros órganos internos, pueden verse afectados al no recibir de una manera constante y fluida el riego sanguíneo y la oxigenación necesarias, y al no excretar adecuadamente los residuos de estas funciones fisiológicas vitales. Si los impactos emocionales son muy intensos, el daño puede llegar a ser más inmediato y profundo.
Además, las actitudes defensivas o agresivas a las que nos lleva este manejo inadecuado de nuestras propias emociones, estimulan constantemente nuestro sistema nervioso simpático. Esto puede alterar el equilibrio entre las fases de tensión muscular y relajación, entre activación y descanso, entre actividad cerebral beta y alfa . A veces, la ansiedad provocada por estos estados de sobreestimulación, nos puede perturbar y repercutir en el equilibrio de nuestro sistema nervioso, lo que puede afectar negativamente a funciones importantes, como el razonamiento, la digestión, el sueño o el descanso. Además, la ansiedad mantenida a lo largo del tiempo puede interferir en nuestras relaciones personales, afectivas, laborales y provocar insatisfacción, depresión, cuadros psicóticos, etc.